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Visibilizar a nuestros niños en el mundo de gigantes

Ya en el año de 1976 el director Francois Truffaut ponía de manifiesto con su película “La piel dura”, cómo la problemática familiar tenía que ver con el bajo rendimiento y progreso de los niños de una escuela, viviendo cada uno dramas personales tan graves como el cuidado de un padre con discapacidad por parte de su hijo pequeño, o el abandono de otro a su suerte, deambulando por las calles o el niño que se queda solo y cae desde la ventana de un quinto piso saliendo ileso ante la mirada atónita de su mama en la calle.

Una cinta que ya desde hace 40 años intentaba visibilizar la situación de nuestros menores que son fantasmas para una sociedad de gigantes en donde ellos tienen que tener la cabeza levantada todo el tiempo, porque el mundo es de personas grandes, que no se toman el trabajo de ponerse a su nivel para mirarlos a los ojos, para escucharlos; de construcciones gigantes donde no encuentran apoyo para poder subir a una simple silla para ser parte de una mesa, donde tienen que sujetar una mano enorme que los lleva más allá de la resistencia de sus piernas cortas que a las carreras intentan equipararse con las zancadas de un adulto.

Niños invisibles para una sociedad que los asesina desde el vientre de sus madres, que abusa de ellos sexualmente a edades cada vez más tempranas, que los bota a la basura recién nacidos, que los agrede porque son los culpables de las malas relaciones con la pareja, de las desagracias económicas de la familia, y porque son un verdadero estorbo para los propósitos profesionales y de tener. Y cuando salen del hogar llenos de ilusiones para compartir con otros de su edad y adquirir conocimientos, el matoneo y el bulín son el pan de cada día.

Creando espacios para ellos: Es preciso como iglesia, reflexionar con las familias de nuestras   parroquias   el compromiso que ellas tienen como primera escuela de virtudes, y de la vivencia del amor para los niños desde la gestación. Lo más maravilloso para un niño es sentirse amado, aceptado, único. El desafío como padres es hacerles vivir desde cosas concretas de la cotidianidad, que son un regalo. El resultado es un niño seguro de sí mismo, que conoce sus talentos, y de ahí se desarrollan en todo su potencial y personalidad. Dando espacios para que vivan una espiritualidad, desde el amor de familia que les llene su corazón con el amor de Dios. La familia hace un camino desde su interior para que ellos se experimenten como personas valiosas capaces de aportar al mundo. Respetando sus originalidades. Creando para el niño desde la gestación un ambiente de armonía de acogida, entre los dos como pareja. Si los niños experimentan que papá y mamá se aman incondicionalmente, que entre los dos hay una fuerte relación en el respeto, el amor, la comprensión el diálogo; la experiencia de esa vivencia les queda en el corazón. Los padres son quienes deben generar ambientes de unidad, de valoración, entre hermanos, que ellos se necesiten y se quieran unos a otros, se reconozcan las virtudes de cada uno, se valoren y se corrijan con amor, se respeten en la escucha, y se apoyen con los proyectos y los sueños de cada uno.

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