Tu rostro buscaré señor

Nos ha parecido oportuno repasar algunas cuestiones fundamentales de la Doctrina católica, no expuesta a los cambios de las modas o los gustos particulares de algunos, especialmente en lo que atañe al diálogo entre la razón humana y la fe sobrenatural. Lo hacemos de manera sencilla, para que todos, o al menos la mayor parte, lo entiendan, teniendo siempre como referencia la Sagrada Escritura y las enseñanzas del Magisterio, así como las cuestiones más interesantes de la actualidad.

El Papa Juan Pablo I decía en uno de sus escritos: “Sí, respirarás objeciones antirreligiosas como se respira el aire, en el colegio, en la fábrica, en el cine, etc. Si tu fe es un montón de buen trigo, vendrá todo un ejército de ratones a tomarlo por asalto. Si es un traje, cien manos tratarán de desgarrártelo. Si es una casa, el pico querrá derribarla piedra a piedra. Tendrás que defenderte: hoy, de la fe sólo se conserva lo que se defiende” (A. Luciani, Ilustrísimos Señores, Madrid 1978, p. 93).

Nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, “el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar” (CIC 27).

A lo largo de la Historia los hombres han expresado esa búsqueda de Dios de muchas formas, aunque no siempre han coincidido en las respuestas encontradas. En efecto, la existencia de Dios no es evidente en esta vida, es decir, el hombre no tiene acceso directo e inmediato a lo más íntimo de Dios en este mundo, contando con sus propias fuerzas naturales. ¡Y sin embargo lo ha buscado! Por eso, han sido muchos los rostros que de la divinidad han ofrecido las múltiples religiones: a veces los pueblos han considerado como ser trascendente a la misma tierra (con sus animales) o a la bóveda celeste (con sus astros luminosos); otras se han divinizado los fenómenos y realidades sociales o tradiciones relacionadas con los pueblos y sus autoridades. Tan oculto y misterioso le resulta al hombre el ámbito de lo sagrado, tan inmenso y fuera de su alcance, que no ha bastado una única imagen o formulación religiosa. Por otra parte, su propia capacidad intelectual, siempre progresiva y sometida (aunque no reducida) al conocimiento de los sentidos, le ha obligado a aproximaciones progresivas y, en no pocas ocasiones, ha dado lugar también a numerosas desviaciones y errores. Como un hombre que quisiera rodear una montaña inmensa con sus manos, quien busca a Dios se encuentra que éste es demasiado grande y sus brazos demasiado pequeños.

Ante la fugacidad de los bienes y seguridades que le rodean, tanto en el nivel de las verdades que conoce con la inteligencia, como en el de los bienes que apetece con su voluntad, el hombre ha dirigido su investigación vital hacia un Sentido absoluto y definitivo, en el que encontrar realmente una plenitud existencial.

El hombre es, en definitiva, un ser religioso que se reconoce dependiente de una realidad mayor, para la que está hecho y hacia la que dirige sus más profundos deseos, consciente de que sólo en ella su anhelo de inmortalidad encuentra el sosiego definitivo.

Ahora bien, es necesario querer emprender la búsqueda de Dios para poder, finalmente, encontrarle. Si faltan las disposiciones morales, la rectitud de intención, sería imposible conocerle, pues está en juego un conocimiento que no es meramente teórico, sino que compromete la vida entera. Podía ser que el hombre olvidara, descuidara o incluso rechazara su aproximación a Dios: los afanes materiales de este mundo y sus riquezas, una comprensión equivocada de su libertad y autonomía, la falta de formación religiosa, el problema del mal en el mundo y el sufrimiento de los inocentes, así como la falta de ejemplo o la incoherencia de los creyentes, han sido siempre, y continúan siéndolo en nuestros días, algunos de los motivos de ese trágico abandono.

Por eso es necesario recordar que, si el hombre puede dar la espalda a Dios (y son muchos los que de diferentes maneras lo hacen), Dios no hará nunca lo mismo con él: Dios no se cansa de llamar a todos los hombres y de ofrecerles su ayuda, para que le pueda conocer quien sinceramente le busca y, en su amistad, encontrar una vida plenamente feliz.

P. Fernando Mayorga Cruz
— Rector Escuela Diocesana —

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