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¿Qué tan profundas son nuestras raíces?

En muchas ocasiones y en diversas circunstancias nos sentimos frenados. No vemos con claridad una salida; es como si estuviéramos pedaleando en una bicicleta estática. Y esto nos pasa en nuestra vida pastoral, académica, en el desempeño profesional y, muy especialmente en nuestra vida emocional.

Otro factor que influye, en mi opinión, es que aún no hemos atravesado un proceso de introyección del “gen”, por decirlo así, de la planeación. Quienes vivimos en el trópico no tenemos como referencia el invierno, el otoño, la primavera o el verano pasado, como si lo tienen quienes viven en países con estaciones. Y no es que solo sea una referencia temporal. Cada estación supone un estilo de vida diferente. No son las mismas costumbres ni la misma vestimenta ni los mismos alimentos, ni los mismos espectáculos en el verano que en el invierno. Es más, tienen que planificar la vida y los recursos para cada una de ellas. Tienen en su ADN el sentido del ahorro, de la previsión y de la planeación.

Quienes vivimos en el trópico no vemos una gran diferencia. Tal vez distinguimos invierno y verano solo por las lluvias o su ausencia. Vestimos igual, en enero, en junio o en diciembre. A lo mejor, cada temporada se diferencia por una chaqueta o un suéter, pero no más.

No tenemos que cortar y guardar leña para el frio, ni el día se nos acaba a las 4 de la tarde, ni los árboles pierden su follaje. Todo esto influye en nuestra conducta. Tenemos que aprender a ahorrar y a planificar. Si se reúne a 22 niños para entrenar fútbol y les decimos que los dos primeros años solo serán de fundamentación, a la media hora te dirán: “Profe, juguemos un partido”.

Perverso el dicho y la enseñanza de nuestros viejos arrieros: “En el camino se arreglan las cargas”.
Pero para que esto no parezca cantaleta barata, el ejemplo de la naturaleza es apropiado: “Algo muy curioso sucede con el bambú japonés. Cuando se siembra la semilla, se abona y se riega adecuadamente, no observas algún brote en los primeros meses. Más aún, durante los tres años iniciales parece que nada sucediera y así es durante los primeros siete años. Sin embargo, durante el séptimo año y, en un periodo de seis semanas, esta planta de bambú crece más de treinta metros”.

La pregunta clave es: ¿crecer le tomó a esta planta solo seis semanas? ¿O le tomó siete años y seis semanas?
La verdad es que al bambú le tomó siete años para crecer y en ese tiempo, de aparente inactividad, desarrolló todo un sistema complejo de raíces para sostener el crecimiento masivo y vertiginoso que iba a experimentar.

¿No será que durante esas situaciones personales, de las que hablamos al principio y que parecían frenarnos, estamos creciendo internamente? ¿Estarán creciendo las bases de nuestro apostolado o, quizás, los fundamentos de nuestra vida? ¿Será perdido o ese es un periodo indispensable de planeación?

Nos vemos la última semana de enero en la jornada de planeación pastoral para volver a pensar, ¿Qué tan profundas son nuestras raíces?

P. Fernando Mayorga Cruz
Rector Escuela Diocesana

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