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La Vocación, Don de Dios

La vocación no es fruto de ningún proyecto humano o de una hábil estrategia organizativa. En su realidad más honda, es un don de Dios, una iniciativa misteriosa e inefable del Señor, que entra en la vida de una persona cautivándola con la belleza de su amor, y suscitando consiguientemente una entrega total y definitiva a ese amor divino (cf. Jn15, 9,16).

Hay que tener siempre presente la primacía de la vida del espíritu como base de toda programación pastoral. Es necesario ofrecer a las jóvenes generaciones la posibilidad de abrir sus corazones a una realidad más grande: a Cristo, el único que puede dar sentido y plenitud a sus vidas. Necesitamos vencer nuestra autosuficiencia e ir con humildad al Señor, suplicándole que siga llamando a muchos. Pero al mismo tiempo, el fortalecimiento de nuestra vida espiritual nos ha de llevar a una identificación cada vez mayor con la voluntad de Dios, y a ofrecer un testimonio más limpio y transparente de fe, esperanza y caridad.
Entre los muchos aspectos que se podrían considerar para el cultivo de las vocaciones, quisiera destacar la importancia del cuidado de la vida espiritual. Ciertamente, el testimonio personal y comunitario de una vida de amistad e intimidad con Cristo, de total y gozosa entrega a Dios, ocupa un lugar de primer orden en la labor de promoción vocacional. El testimonio fiel y alegre de la propia vocación ha sido y es un medio privilegiado para despertar en tantos jóvenes el deseo de ir tras los pasos de Cristo. Y, junto a eso, la valentía de proponerles con delicadeza y respeto la posibilidad de que Dios los llame también a ellos. Con frecuencia, la vocación divina se abre paso a través de una palabra humana, o gracias a un ambiente en el que se experimenta una fe viva. Hoy, como siempre, los jóvenes «son sensibles a la llamada de Cristo que les invita a seguirle. El mundo tiene necesidad de Dios, y por eso siempre tendrá necesidad de personas que vivan para él y que lo anuncien a los demás.

Una de las líneas transversales y punto de insistencia de Monseñor Francisco Nieto Súa es la Pastoral vocacional y dentro de ella los semilleros vocacionales, por esto ha querido que haya un trabajo en equipo entre la pastoral juvenil, educativa y vocacional que permitan crear un ambiente para que desde la oración por las vocaciones sacerdotales y religiosas de los niños y la cercanía a las familias, se propicie el nacimiento de las de vocaciones a la vida cristiana y a la vida sacerdotal y religiosa.

Quiero a través de estas líneas motivar a todos los sacerdotes y a todas las comunidades parroquiales a que acojamos esta propuesta de transparentar la alegría del don de la vocación y con entusiasmo propiciemos los semilleros vocacionales, espacios de oración por las vocaciones y equipos vocacionales que sostengan con su oración y ayuda las vocaciones que el Señor va suscitando en la Iglesia.

Un agradecimiento al P. Germán Barbosa y a todo su equipo por el conjunto de iniciativas para cristalizar el deseo de la Iglesia diocesana en la formación de pastores de la misericordia.

P. Luis Eduardo Sánchez Moreno
— Vicario de Pastoral —

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