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Entrevista del mes — Diácono Ricardo Salamanca Basto

La razonabilidad de mi fe, un servicio al Otro.

En el mes de junio hacemos un reconocimiento a los hombres que han respondido al llamado de formar una familia y tomado la decisión de vivir como esposos y padres para así ayudar en la educación de sus hijos; es por eso que nuestro invitado en esta oportunidad es Ricardo Salamanca Basto.

N.C: ¿Háblenos de su familia?

R.S.B: Hace ya cerca de 25 años, en el mes de agosto contraje matrimonio con una mujer que Dios puso para acompañarme en el camino de la vida, una lección que me ha permitido alcanzar y ser lo que Dios ha querido que sea, esposo, padre, profesional y un ministro ordenado de la iglesia. Hoy con certeza puedo decir “soy lo que soy” en gran medida al amor generoso de mi esposa, al amor formador de mis hijos, Elsy Lorena, Sara Sofía, Daniel Ricardo y Ana María, quienes con cada nacimiento fueron moldeando el amor de padre, que nace y se hace con cada uno de ellos y en cada circunstancia particular, pues es el hijo quien hace al padre, mostrando lo que no sabemos, lo que nos hace falta y lo que debemos cambiar.

N.C: Su profesión es Psicólogo, en su tarea como docente universitario y psicoterapeuta, el desarrollo y madurez humana presenta desafíos en la formación familiar ¿Cuál ha sido el eje en cada rol que desempeña?

R.S.B: En cada uno de mis roles, el eje ha sido transformar vidas y he buscado hacerlo a partir de mi profesión. Pienso que aquella “acción y efecto de profesar” tiene que ser más que el saber científico o técnico que se ejerce por una retribución económica; ha de ser una vocación. Y eso ha sido mi profesión, una vocación de servicio al Otro.

Nuestros jóvenes universitarios, requieren del acompañamiento de sus padres para que soporten, estimulen y modelen un actuar humano coherente con un plan de vida virtuoso, cuyo sentido natural esté orientado al mejoramiento y perfeccionamiento de sus hijos. Este mundo plantea desafíos de: un individualismo –que ve al otro como amenaza-, de facilismo –que justifica la vía del atajo-, de relativismo –que plantea que todo depende de-, de placer –en el que el esfuerzo y la cuota natural del sufrimiento no es posible-, de la falsa autonomía –que centra al yo como lo único que hay que satisfacer-, para lo cual se requiere de una valoración del Otro como un igual en deberes y derechos –un alter ego- con el que se puede construir y transformar la sociedad -primero a nivel familiar, de barrio o conjunto, localidad, ciudad y país-.

Como terapeuta, acompañando a identificar, fortalecer y modificar aquellos pensamientos y comportamientos generadores de malestar, consigo y con los otros.

N.C: Usted además es ministro de la Iglesia, como Diácono en nuestra Diócesis de Engativá, ¿Cómo ha articulado su profesión, su vida matrimonial y de ciudadano –vecino- con su ministerio?

R.S.B: Si la vocación es servicio al Otro, esta responde a un proceso, una respuesta que se descubre, desarrolla y elige durante toda la vida y que, permite descubrir quién soy, cómo soy y hacia dónde quiero ir y, sobre todo a quien responder. Este llamado responde a la vocación natural de todo hombre, a ser hijo de Dios, el cual empecé a conocer en mi casa materna, luego en la vida sacramental y posteriormente en la decisión libre y voluntaria de decir sí al servicio del Otro, que no es radicalmente diferente a mí, que es un rostro de Jesús, al cual busco servir en y desde la Iglesia.

Esta decisión vocacional que nace en la juventud se concreta en el seno de mi familia, el 1 agosto de 2010, quien por manos de monseñor Héctor Gutiérrez Pabón fui ordenado Diácono para la iglesia particular de Engativá, desde entonces mi pastoral ha estado desarrollándose en dos vías, al interior de la misma iglesia en la formación de los futuros sacerdotes, desde hace 15 años como parte del equipo de formadores del Seminario Mayor Castre como docente y acompañamiento psicológico a los seminaristas, desde hace 6 años en apoyo psicológico a los seminaristas de San Lorenzo Diácono y Mártir, en la comisión Diaconal de la Diócesis de Engativá o desde el 2017 como miembro de la Comisión Nacional de Pastoral Presbiteral en el Episcopado; pero también, en el apoyo espiritual a pacientes en final de vida –en una unidad de cuidados paliativos-, esta articulación de lo ministerial y lo profesional, son una vocación que no sería posible sin el soporte y ánimo familiar. Y es que una fe que no se encarne en la realidad familiar y social, es una fe estéril, y es que el cristiano es profundamente comunidad.

N.C: Tengo entendido que su hija mayor opto por la vida consagrada, ¿Cómo ha sido ese proceso hoy en su realidad familiar?

R.S.B: ¿Cómo dar respuesta, me pregunto? y recuerdo una frase del el Papa Francisco en una catequesis sobre los hijos “No son un problema de la biología reproductiva, sino un don”, un regalo, y como tal un regalo, se acepta con la sorpresa del no saber que es, para ser amado, diría Francisco “no por ser bello, sano, bueno, no porque piense igual que yo, o encarnar mis deseos, sino por ser hijo, en definitiva, Un hijo es un hijo”.

En esta singularidad e irrepetibilidad, cada hijo es una alegría -una ilusión- que hace latir el corazón y unido a ello sus decisiones que si bien han sido libres y autónomas, también tienen algo de base o incluso de inspiración en la vida familiar -padres y abuelos-, es en esta realidad que mi hija mayor Elsy Lorena en medio de la vida cotidiana ha dicho si al Señor, para santificarse en la vida ordinaria y con la tarea ordinaria, como diría el fundador del Opus Dei, desde su vida personal, profesional -como internacionalista- y consagrada a Dios.

Pero ¿qué ha significado su decisión y estilo de vida para nuestra familia? Un proceso de desprendimiento, que al igual que para cualquier padre ver partir entristece y alegra, una dualidad emocional natural, que nos ha llevado -como padres y sus hermanos- a encontrar nuevas formas de acompañar, estar y soportar. Una vocación no se vive lejos del amor familiar, la oración de cada uno de sus miembros, anima, acoge y reconforta en la elección diaria de la fe. Sé que en su momento y aun hoy, algunos nos dicen: ¿pero no es un desperdicio? ¿para qué consagrados, religiosas(os)? ¿para qué tanto es fuerzo? Pues a ellos he respondido que, ante la dificultad, el desasosiego, el abatimiento, la desesperanza, la gente busca con quien hablar, en quien encontrar palabras de consuelo, con quien poder escuchar que existe una forma distinta de vivir. Se piden más curas, monjas o consagrados, pero ¿de dónde salen o de dónde vienen? Pues de las familias, familias como las nuestras. Oramos pidiendo al Señor por su vocación, sea cual sea, la que Él haya inspirado en sus corazones.

D. William Alberto Abril Nieto
— Nivel de Comunicaciones —

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